Calle de Don Gutierre

De la plaza ya les hemos hablado en días pasados. La calle…, bueno, la Travesía o Calle de Don Gutierre ha tenido distintos nombres a lo largo de su dilatada historia, y por ello, es posible que no se percaten de ella a primera vista. Pero si les hablamos del «Barranco», seguro que gran parte de los leoneses, ese pueblo llano que siempre ha existido a lo largo de los siglos, conoce su exacta ubicación en el plano callejero. Baste decir que además del nombre actual, ha tenido los del Barranco, Pinganiello y Apalpacoños, aunque esta última y pintoresca denominación nunca haya figura en placa alguna. En lenguaje popular siempre se la ha conocido como «Calle del Barranco», pero lo que la gente ignora es que este lugar, hace unos cuantos siglos, fue un cerro montisco sumamente selvático, poblado de ramajes y hierbas que desaparecieron al ensancharse la ciudad y tiempo antes de que se construyera la «cerca nueva». Aún hoy en día puede observarse con claridad como se quiebra el terreno, e incluso don Máximo Cayón Waldaliso nos dice que la calle del Barranco se llamaba en verdad de Don Gutierre, posiblemente desde el lejano y brumoso siglo XII.
Sea como fuere, y a pesar del intento propiciado por el entonces alcalde don Juan Morano Masa, en el mes de septiembre de 1980, de modificar el nombre de muchas de las calles del casco antiguo, entre las que se contaba esta del Barranco, la propuesta no se llevaría finalmente a cabo, permaneciendo en la actualidad con la misma y tradicional denominación. Comienza nuestra tortuosa arteria en la plaza de idéntico nombre, para concluir en otra plaza, la de Santa María del Camino o del Mercado. Ahora no hay que bajar un barranco para acceder a dicha iglesia, sino que 24 escalones distribuidos en 6 niveles se encargan de hacer más llevadera la empinada cuesta. Ya no es aquella sucia y empedrada pendiente que caracterizaba a esta vía de pequeño trazado, curvado y angosto, compuesta en su casi totalidad por retales urbanos. Tan sólo habría que significar las casas del principio y el final, en donde hasta no hace muchos años había dos «pollos» que servían de frontera con la castiza plaza del Mercado. En el entorno se concentraban los peregrinos jacobeos que entraban por Puerta Moneda, y es de dominio público que donde se producen concentraciones humanas hay de todo. Así es como a principios del siglo XVI se cita una calle del entorno que llevaba el picaresco nombre de «Apalpacoños». En realidad no se corresponde con nuestra arteria, pues por aquellas calendas ya se conocía como Don Gutierre, así que debió de existir otra calle que sirvió como escenario de aventuras más o menos fáciles. Así que en la calle o travesía de Don Gutierre, donde se vertían las aguas de la lluvia y de las otras hasta formar una torrentera, los estetas municipales procedieron a adecentarla mediante la instalación de los mencionados escalones, modificando su vieja estampa de callejuela mora para permanecer durante años y todavía en la actualidad, completamente abandonada. Es un claro ejemplo del viejo León que se nos muerte, mientras que las autoridades hacen muy poco por remediarlo o simplemente mantenerlo para el conocimiento y disfrute de las generaciones venideras.
Terminaremos el comentario mencionando nuevamente a Don Gutierre, ejemplo de caballero leonés que tiene bien merecido el que la ciudad le dedique una plaza y una calle. Y es que allá por el mes de enero del año 1998 se publicó un estudio del arqueólogo don Fernando Miguel, asegurando que el tal palacio no era el de Don Gutierre, sino que pertenecía al nobiliario linaje de los Villafañe y Tapia. El auténtico palacio se encontraría a escasos metros, precisamente en el lugar que ocupa en la actualidad el preciosista edificio construido por Manuel de Cárdenas, con esquinas a las calle Zapaterías y Cascalería. Sería don Diego Villafañe y Tapia quien ordenó levantarlo en el último tercio del siglo XVII, aprovechando los restos de un palacio anterior que fue propiedad de los Cabeza de Vaca. Con posterioridad sufriría distintas restauraciones y ampliaciones, hasta llegar a nuestros días. Nosotros no quitamos ni ponemos, pero como decía el entrañable don Máximo: «Calle del Barranco en lo popular; y Calle de Don Gutierre en lo oficial».

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