Paseo de Papalaguinda

¿Cuántas veces habremos paseado los leoneses por Papalaguinda, o en cuántas ocasiones hemos mencionado este curioso y extraño nombre, sin percatarnos siquiera de su significado u origen? ¿No se han parado a pensar en esa rara denominación, que no tiene relación o conexión alguna con personajes o hechos acaecidos en nuestra ciudad? Pero bueno, luego nos ocuparemos, aunque sea con brevedad, de este término tan entrañable y unido a la geografía urbana de la capital.
Este paseo leonés, rectilíneo y en gran parte ajardinado, a orillas del Bernesga, comienza en el otrora Puente de Ordoño II, actualmente sin una denominación concreta, aunque todo el mundo siempre le ha llamado Puente de la Estación o Puente de los Leones, en la Glorieta de Guzmán el Bueno. Leones. Desde aquí se separó el que era propiamente paseo, hurtándolo de las riadas incontrolables que se desataban en el Bernesga durante los largos inviernos leoneses, construyéndose en 1944 un muro de encauzamiento que a lo largo de los años ha sufrido diferentes modificaciones y prolongaciones. Culminarían la obra principal de este paseo los alcaldes Alfredo Álvarez Cadórniga y José Martínez Llamazares, unificando definitivamente sus nombres y llamando a la calzada superior Avenida de la Facultad de Veterinaria y a la parte baja, Paseo de Papalaguinda.
Y es que toda esta zona, conocida desde los remotos tiempos del siglo XVII con el nombre de Paseo del Calvario, no era más que un paraje polvoriento, desolado y bien lejano del entorno capitalino. El término de «Calvario» procedía de unas cruces de piedra que, a finales del pasado siglo, se trasladaron a la actual Plaza Mayor, pero que servían entonces a los frailes franciscanos para celebrar las catorce «estaciones» en concurridos y emotivos Vía Crucis que tenían lugar en la época cuaresmal. Aún así, en su parte superior permanecen muchos de los frondosos árboles que se plantaron sobre 1883, destacando los gruesos pinos, bellos chopos, castaños de indias y tilos.
En abril de 1997 se inauguró la nueva remodelación del primer tramo del paseo, dotándolo de diferente mobiliario y arreglando unos jardines faltos de cuidados y adornos, constituyendo un enclave de recreo. Ahora bien, las malas lenguas también cuentan que es lugar de cita y cambalache para distintas actividades nocturnas de la vida leonesa.
Siguiendo mas adelante, donde antaño fue una zona asfaltada para la práctica de un deporte entonces tan popular como el hockey sobre patines, se ha acondicionado para diferentes menesteres deportivos de la juventud. Y con enorme éxito, a la vista del grado de ocupación que presenta.
No nos olvidaremos de añadir que este frecuentado recinto, antes y ahora, conocido como el «Parque», además de escenario deportivo sirvió para celebrar distintas fiestas locales, con verbenas nocturnas y actuaciones musicales. Aparte de ferias y todo tipo de actividades, incluidos desfiles militares y juras de bandera, también se utilizó como marco para competiciones tan imaginativas como los ahora «demodés» concursos de «yo-yo» que en otro tiempo tuvieron lugar aquí mismo. Unas prácticas lúdicas en las que oficiaba como maestro de ceremonias, en multitud de ocasiones, el conocido locutor Gelete.
Allá por el mes de junio de 1972, como antesala de las fiestas locales, se inauguraron «a bombo y platillo» un tobogán con un par de columpios, identificados los unos y los otros con sus respectivos letreros metálicos que separaban por sexos a «chicos y chicas».
Tras dejar atrás la zona de juegos infantiles, llegamos a la moderna cafetería que, allá en la década de los años setenta, instalaron los hermanos bercianos Alberto y Manuel Uría justo a la mitad del paseo. Un auténtico reclamo en el verano leonés para las madres que tomaban el sol con sus bebés y caminaban por estos parajes. Aquella cafetería de tanta tradición en los ambientes locales llevaba por nombre “El Oasis”, siendo centro de reunión para parejas y amigos, además de habitual escenario para múltiples partidas de un juego tan cerebral y científico como es el ajedrez. Hoy en dia desapareció todo vestigio de la misma, ha dado paso a un flamante y normalmente abarrotado establecimiento de esa comida rápida tan solicitada en nuestros días, especialmente por la juventud.
Aledaño a él se encuentra el siempre presente Parque Infantil de Tráfico, nominado como Legión VII, surgido a propuesta de la Jefatura Provincial de Tráfico en enero de 1969, ocupando entonces el sillón municipal don Manuel Arroyo Quiñones. Un simpático referente en la vida capitalina, utilizado por distintas generaciones de niños leoneses para aprender las primeras enseñanzas relacionadas con el motor y la circulación en las ciudades. Toda una innovación para aquella etapa de desarrollismo y despegue consumista que se ha dado en llamar “los felices 60”.
Pasado el parque, encontramos un largo tramo que nada tiene que ver urbana y estéticamente con todo lo anterior. Se trata de una zona de jardines y juegos infantiles, felizmente arreglados en los utimos tiempos despues de años de verdadero abandono.
Algo más adelante, animado por las atracciones que representan unos alegres y ruidosos “caballitos” infantiles, reclamo tanto para niños como para mayores, se halla un pequeño estanque o lago y un coqueto palomar, surgido a raíz de la reforma del paseo en junio de 1975. Fue entonces, hace la friolera de 25 años, cuando el alcalde don Manuel Diez Ordás aprobó la construcción de este refugio de palomas para cobijar a las inquilinas del demolido en la Plaza de San Marcelo.
Nos vamos acercando al final, pero a la vista surge la moderna pista de patinaje, el Skate Park leonés que se inauguraba en octubre de 1998, con diversos elementos acrobáticos donde los hábiles patinadores demuestran sus piruetas sobre el patín. Finalizaremos la ruta con una breve visita a esa “vieja” institución de tanto raigambre y carisma ciudadano, como es “El Casino”.
En este lugar, conocido como el “Soto”, se estableció al final de los años cincuenta el actual casino leonés. Fueron muy largos los trámites, iniciados con don Alfredo Álvarez Cadórniga en 1951, hasta formalizarse la concesión administrativa de estos terrenos. Una sociedad que desde el 2 de agosto de 1973 pasó de llamarse Sociedad Deportiva Casino de León a ser el actual Club Peñalba, por acuerdo de la mayoría de sus asociados.


El León de principios del siglo XX era una ciudad muy pequeña y provinciana, en donde todo el mundo conocía a todo el mundo. Existían dos clases sociales bien diferenciadas; los “señoritos” y los “artesanos”. En los atardeceres veraniegos y al compás de las piezas que tocaba la banda de música del Regimiento de Burgos, de guarnición en nuestra capital desde 1894, se ponía en marcha una “noria” de caminantes, pero cada uno por su lado. A los vibrantes y aclamados sones de la “Cacería Real”, los señoritos paseaban por la zona interior, mientras que los obreros y aprendices se congregaban junto al Bernesga. El punto de división estaba marcado por unas farolas de época, sustituías de las cruces donde los padres franciscanos realizaban su Vía Crucis. Allí estaba el “todo León”, aunque guardándose la debida distancia y respeto mutuo. Ello no impedía, ya que la sangre joven es fogosa y apasionada, que los padres con hijas en “edad de merecer” tuvieran que espantar, aunque fuera con la mirada, a la legión de pretendientes que perseguían a la niña. Pero las muchachas en la “edad del pavo”, habituadas a burlar a sus formales y aburridos progenitores, aceptaban con gusto los requiebros y piropos que lanzaban, varios metros más allá, los enamorados. Así se intercambiaban sonrisas realmente incendiarias, además que alguna carlita de amor, suficiente para acelerar los pulsos del correspondiente destinatario o destinataria.
Las picantes niñeras y modistillas eran acosadas por los soldados del “Burgos”, mientras que ardientes viudas rezaban para que el señorito “calavera” se fijara en sus prendas.
Pues bien; en este escenario, auténtica “feria de las vanidades” leonesas, iba a surgir el nombre de Papalaguinda. Dos poetas locales, cultivadores del verso chistoso y festivo, se enzarzaron en una ingeniosa polémica sobre el nombre que debía recibir el Paseo del Calvario. Uno era el célebre “Clotaldo”, apodo de Augusto López Villabrille, mientras que su oponente se llamaba José Estrañí, militante del partido progresista democrático.
Las propuestas de los graciosos y chuscos periodistas eran dos. “Clotaldo” opinaba que el paseo debía de adoptar el nombre de Papalaguinda, inspirado en una cancioncilla que por entonces cantaban las niñas al saltar a la comba: “mi mamá me dio una guinda, mi papá me la quitó, y me puse más colorada, que la guinda que me dio”. Una manera encubierta de aludir al rubor que sentían las jovencitas al recibir una “flor” de los aprendices de galanes. Piropos que en ocasiones sobrepasaban la barrera de lo cortés y gratificante, para caer en la grosería y el mal gusto. En definitiva, “flores” que en muchas ocasiones no olían precisamente a rosas.
Por su parte, el republicano José Estrañí consideraba que, a causa de las cursilerías que se oían y las cosas “verdes” que se veían, debía llamarse “Paseo de Papalapera”. No en vano las muchachas iban a “pelar la pava”, en un ambiente de niños-pera. En otras palabras, jovencitos del tipo al actual Enrique Iglesias o esos otros que te lo juran todo “por Snoopy y la antena de mi teléfono móvil”, pero reciclados a los inicios del siglo XX.
El pueblo, que es muy sabio y soberano, tomó partido en aquella divertida contienda, considerando vencedor a López Villabrille. El propio “Clotaldo” contaría su éxito en “El Porvenir de León”: “el pisaverde y la linda, el bisoño y la niñera, van a no paparse la pera y sí a paparse la guinda”. Y ello a pesar de que algún seguidor de su contrincante le respondió en verso desde las páginas de “El Mensajero Leonés”, por ejemplo el 9 de diciembre de 1903: “cuenta esto a Pepe Estrañí, en esta forma sincera, y verás Papalaguinda, como te papas-la-pera”.


Fuente: Diario de León

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